
Los inmigrantes subsaharianos que
asalten la verja fronteriza de Melilla también van a vivir desde ahora al filo
de la navaja, literalmente hablando. La que se ha montado con la colocación de
la concertina. Estas sí que provocan recortes, por eso las ha vuelto a colocar
el PP. Tengo la impresión de que falta, en este tema también, seriedad, honestidad
y humanidad. Las fronteras se levantan para que el que está a un lado de la
misma no pase al otro, básicamente y con todas las reducciones que quieras,
lector concertino. Nos dicen que es para frenar la inmigración ilegal, pero
creo que a estas alturas de la vida casi todo el mundo sabe que las fronteras
existen para impedir la llegada de extranjeros, más allá de esa ‘legalidad’.
Desde este punto de vista cualquier medida que refuerce los controles
fronterizos es siempre bienvenida. El problema, evidentemente, surge cuando
comenzamos a manejar la doble moral, el doble discurso, el lenguaje de lo
políticamente correcto. Ha pasado con el alcohol o con el tabaco, por ejemplo.
Hay que ver lo malo que es beber y fumar, lo buena que ha sido la ley del
tabaco, pero venga a cobrar impuestos. Si fumar es tan nocivo, podríamos decir,
prohibámoslo. Sabemos que no ha sido así.
La cuestión de la verja admite un razonamiento
semejante. La idea es que la llegada masiva de extranjeros no es buena ergo les ponemos una valla para que no
pasen. Ahora bien, que no les duela mucho en caso de que la salten. Es decir, sabemos
que la construcción de muros fronterizos es inhumana, pero en vez de abolirlos
los hacemos más llevaderos, menos dañinos, para tener limpia la conciencia.
Podríamos empezar por analizar lo que
entendemos por inmigración ilegal en estos temas y de ahí a plantear la cuestión
básica, al menos desde esta óptica: qué derecho tienen unos hombres a impedir
que otros hombres puedan encontrar cobijo en otra tierra tras llevar meses
huyendo del hambre, de la guerra y de la desesperación. Muchos dirán que la
idea es utópica, pero posiblemente nuestro error esté ahí, en creer que la
realidad que nos circunda es así por naturaleza, que las cosas ya nos vienen
dadas, que siempre han sido así y que no se pueden cambiar. Nacemos, si se me
permite, “primermundistas”, y como tales nos comportamos el resto de nuestra
vida. Las cuchillas de las concertinas no son las que atentan contra los
derechos humanos. Es la propia frontera, la delimitación material de un
territorio que impide la llegada de los otros, es esa frontera, digo, la que
hiere sistemáticamente la dignidad humana. Lo que ocurre es que ya se da por
hecho que tiene que estar ahí. Muchos seréis los lectores queridos que estaréis
pensando en lo inocente que resultan mis palabras. No es inocencia. El sistema
está haciéndonos creer que el propio sistema es connatural a nuestra vida, que
no podemos vivir con garantías fuera de él y que no hay una mejor alternativa.
Y eso es falso.
Es ridículo salir en los medios denunciando
que con la concertina los inmigrantes se van a hacer más daño cuando salten la
verja… Es que no deberían saltarla. Ese es el problema, desde el humilde punto
de vista de quien esto escribe. “Ponedles seis u ocho metros de altura pero
nada de navajas, oye, pobrecitos, que se cortan”. Resulta hasta bochornoso. No
puedo comprender cómo asociaciones en defensa de los derechos humanos o acobardados
partidos de izquierda pueden salir en los medios denunciando la colocación de
estas cuchillas. Salgan, sí, pero con valentía. Digan que esos muros atentan
contra nuestra dignidad como especie. ¿Los alambres de púas que estaban en la
frontera de Melilla hasta antes de ayer no herían? ¿Acaso no se clavan más
profundamente? ¿Eran de goma?
Me
estoy alargando, lector paciente. Quería haber trufado la columna de chistes
varios, pero me resulta muy difícil hacerlo cuando escribo sobre las fronteras.
Vivimos tiempos de abusos, de engaños, de manipulaciones y de intolerancia. Y
al filo de la navaja.
foto: http://www.pososdeanarquia.com/2013/11/carniceria-en-melilla.html