
Mi padre sí que pudo estudiar
medicina a base de becas y colmó los esfuerzos y las esperanzas de mis abuelos.
A diferencia de las de crema o de merengue, sus inyecciones, las de mi padre,
fueron otras, un poco más dolorosas pero igual de salvíficas para mis problemas
respiratorios. También fue y es un especialista en autodefinidos. También sigue
leyendo. Tanto mis abuelos como mis padres han defendido que la de los libros
era y es de las mejores inversiones que puede hacer una familia. Formarse,
conocer y conocerse, pensar, ampliar el horizonte, dar rienda suelta a la
imaginación… Es una inversión, sin embargo, que no genera el tipo de ganancia económica
que hoy eclipsa al resto de posibles beneficios.
La presencia de libros en un hogar
es fundamental para que los niños se conviertan en lectores competentes, pero,
para que haya libros, primero ha de sentirse dicha presencia como necesaria en
el salón, en las habitaciones de los chicos o en la biblioteca familiar. En la
mayoría de los casos, serán buenos lectores aquellos pequeños que vean leer a
sus padres. Hoy se habla en las escuelas de planes lectores, de animación
lectora, de leer para vivir…, programas todos que, sin embargo, poco
seguimiento tienen después cuando los pequeños llegan a sus casas. Es
necesario, además, recordarle a las autoridades que una institución obligatoria
no puede fomentar la lectura placentera. La escuela puede enseñar a
descodificar textos, a descifrar lo que pone en un papel o en una página web,
pero el gusto o el disfrute son incompatibles con el mandato, con lo
imperativo. “A ver, Anita, ponte a leer y disfruta ahora mismo y no te muevas
ni te levantes”. Suena ridículo.
No sólo el libro, también la propia
cultura en general ha perdido esa aura especial que distinguía sus
manifestaciones del resto de productos que genera una sociedad determinada,
como consecuencia de la instrumentalización de la vida, incluso del propio
saber. Sólo se percibe como valioso aquello que posee una utilidad material.
Asignaturas como Literatura Castellana,
Latín, Historia, Historia del Arte,
Filosofía, Ética… cada vez tienen menos espacio en los programas de estudio,
si es que todavía lo tienen. Las Humanidades hoy casi no tienen ninguna
importancia para la opinión pública. Son carreras que no sirven para nada,
argumentan periodistas, alumnos, padres e, incluso, profesores, olvidando que
no se puede hablar de utilidad material y de conocimiento. Son incompatibles,
por eso el sistema educativo actual, en términos generales, no puede formar
ciudadanos competentes sino mano de obra barata con una formación cultural
básica que no les permita plantearse demasiadas cuestiones.
Esa defenestración del papel del
libro no llueve del cielo. No es una cuestión sólo de la llegada de otras
formas de entretenimiento o de los ordenadores, los ebooks o las tabletas. Es también resultado de su conversión en un
mero objeto de consumo. Las editoriales han priorizado el beneficio económico
que pueden reportarles sus publicaciones sobre el beneficio social o cultural.
Los lectores no pueden fiarse ya de lo que compran. Todas las novelas que se
publican son la mejor novela del año, de la década o del siglo. Cualquier
persona, además, puede publicar su libro si es medianamente famosa y garantice
ventas millonarias. Hoy tenemos entre los más vendidos el libro de Belén Esteban,
el de Zapatero, el de Solbes, el de Aznar, etc., que además, como se sostiene of the record, no han escrito ellos en
la mayoría de los casos.
No se lee demasiado, y cuando se
lee, un sector cada vez más amplio acude a este tipo de libro buscando el
cotilleo, la anécdota o el morbo. Evidentemente cada uno hace con su dinero y
con su tiempo lo que buenamente le venga en gana. Pero no deja por ello de ser un
síntoma. No se lee, digo y voy terminando, porque tampoco hace falta hacerlo
para progresar socialmente y laboralmente, como sí que ocurría en los tiempos
de la Ilustración. No se ha hecho nunca una buena pedagogía de la lectura en
España, viniendo de donde venimos y con la historia que acarreamos sobre
nuestras espaldas de ignorancia, superstición, libros prohibidos…
Quizá por todo esto que cuento
mantengo viva esa imagen de mi padre y de mi abuelo leyendo, como semilla de lo
que luego ha sido y es mi vida. Y la protejo y vuelvo a ella cada nuevo curso
escolar, cuando entran en tropel los nuevos alumnos, incapaces de leer sin
silabear o atrancarse y de comprender, después, lo que han leído. Alumnos a los
que, en su mayoría (siempre hay excepciones) no podemos exigirles que compren
lecturas porque no hay dinero en casa… para libros, aunque sí para muchísimas
otras cosas.
Suscribo tus palabras desde la primara mayúscula hasta el punto y final. Como siempre, genial. UN abrazo, Jose.
ResponderEliminarGracias, Pedro. Un abrazo fuerte.
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