jueves, 13 de marzo de 2014

La educación y la obsesión por lo mínimo

Te lo advierto, lector, este tema me aburre enormemente. Me desalienta, me cansa y me produce un cierto tipo de calambre que sólo logro suavizar comiéndome media tableta de chocolate. Intento, por ello, hablar lo menos posible, porque al final tú te vas a otra página web y yo me tengo que quedar quemando esas calorías tan molestas y tan insistentes. Hablar de educación en España es casi un sinsentido. Todo el mundo sabe, toda la sociedad opina pero somos los menos quienes lidiamos entre cuatro paredes cochambrosas con una veintena (o dos, según el centro) de infantes desaforados. Expertos (¡?), ministros, empresarios o magos, lo mismo da, cada uno con su teoría y con la fórmula mágica para sacarnos a todos del atolladero. Cuanto más moderna sea esa solución, mucho mejor. Te aseguras conferencias, jornadas, libros, debates en televisión…, pero todos limpitos, bien peinados, frescos como lechugas, sin un atisbo de tiza en las manos, en la chaqueta o en el alma. En doce años que llevo en la enseñanza, ninguna autoridad competente o incompetente me ha preguntado, de manera seria y comprometida, no con papeleo justificativo que nadie lee después, qué haría yo para poner remedio a los problemas.
Y claro, lector antilomceano, acabas con la lengua fuera intentando hacerte oír ante un auditorio que no está interesado en escuchar nada de lo que tengas que aportar. El discurso dominante nos aplastó hace décadas y desde entonces nuestra profesión y nuestra dignidad viven con respiración asistida. Una reforma tras otra ha llenado nuestras vidas y nuestro quehacer diario de un galimatías teórico incomprensible por estúpido e inaplicable por imposible o imposible por impracticable o qué sé yo, lector antipedagógico, harto como estoy de la gilipollez y del raquitismo intelectual de todos estos que inventan sus teorías en sus despachos y que les da exactamente igual si, al cabo de los años, los alumnos acaban sabiendo más, sabiendo menos o no sabiendo nada.
Hoy he tenido que ir a mi centro educativo habiendo leído un artículo en el que se sostenía que no nos hemos dado cuenta profesores y padres de que el objetivo de nuestro sistema educativo es lograr que los jóvenes “alcancen unos mínimos conocimientos, actitudes, competencias y valores que les faciliten el ejercicio de su libertad, y para contribuir a limar las desigualdades sociales ligadas al origen social”. El artículo no tiene desperdicio, aunque lo que más me irrita es esa obsesión por el reinado de lo mínimo, de lo básico, de lo simple. ¿Para qué enseñar cuestiones complejas? ¿Para qué profundizar en el conocimiento? Y todo esto, en nombre de esa supuesta libertad e igualdad social.
Voy a intentar ser lo más simple, lo más competencialmente básico para exponer mis ideas. Espero que los expertos no se ofendan si comprueban que soy capaz de rebatir sus argumentaciones (lo soy porque he estudiado durante muchos años, y sigo estudiando hoy en día). Los jóvenes españoles no tienen culpa del estrato social en el que nacen. Los hay que vienen al mundo en el seno de una familia acomodada y, seguramente, llegarán en el futuro a disfrutar de todo tipo de oportunidades. También los que ven la luz en mitad de la pobreza, la incultura o la violencia, y sus opciones, lógicamente, se verán severamente reducidas. Un sistema educativo de calidad debe ofrecer lo mejor a todos los estudiantes. Que tanto los de un lado como los del otro (ninguno ha hecho nada para estar en cada extremo) puedan acceder a lo mejor, puedan disfrutar de las mismas oportunidades. ¿Qué los más desfavorecidos lo tienen difícil? Evidentemente. Vamos a invertir todos los millones en ellos, vamos a procurar que no les falte de nada, que no se ausenten de clase, que tengan ayudas para las asignaturas que no consigan superar, que no tengan que comprar material alguno si en su casa no hay ni para mortadela. Pero no los engañemos, no los estafemos.
Sin embargo, en nombre de la igualdad (del igualitarismo ramplón, mejor), rebajamos el nivel de exigencia para que no haya descompensación y así parezca que nuestro sistema es equitativo. Un alumno que ha nacido en un entorno acomodado no debería renunciar al esfuerzo, al espíritu de superación, a la competencia máxima. Si puede optar a la excelencia, ¿por qué renunciar a ella? Hoy, desde los medios de comunicación, desde las tertulias o desde las inspecciones educativas se busca obsesivamente la simplificación, el reduccionismo, el no destaques que no es bueno… Es la dictadura de la mediocridad, de la medianía. Si llegas arriba, que sea peloteando y haciendo favores, no porque valgas (uf, el verbo valer…).
Un sistema fundamentado en lo básico nunca puede garantizar la libertad, al menos la del futuro trabajador. La del empresario sí, porque tendrá plena libertad para despedir y contratar, puesto que la especialización será cada vez menor, y no olvidemos que eso es necesario en un marco de precariedad laboral. Mientras la incultura, la ignorancia, el analfabetismo y la pasividad se van haciendo con las aulas del sistema público, la concertada y la privada formarán a los mejores, pero no porque sean excluyentes ni nada de eso, sino porque la educación pública ha optado por la reducción y el desconocimiento. Y esto no es un efecto de la LOMCE. Viene desde la implantación de la LOGSE. Cuando se grita en las calles contra la ley Wert, ¿contra qué se lucha o favor de qué se lucha? ¿Por una educación de calidad o contra una ley del PP? Lo digo porque los malos resultados que hoy tenemos no los ha provocado la ley del ministro. ¿Por qué no se protestó antes? Cosas que pasan, ¿verdad? ¿Saben los que gritan que la LOGSE es de Rubalcaba?

Por todo esto, lector comprensivo y generoso, me canso. Yo quiero que mis alumnos puedan alcanzar esa utópica libertad desde la filosofía, la literatura, la música, la historia, el arte, las matemáticas, la física, el latín, la informática… no desde una fichita con contenidos mínimos y competencias básicas que, como mucho, pretenden que los chicos y las chicas puedan medio escribir y medio leer y que los mal-preparan (o bien-preparen, según se vea) para ganar seiscientos o quinientos euros en un trabajo de mierda. No soy experto, como verás. Sí que soy un poco brujo, y además de los buenos. No tengo que leer cartas ni líneas de las manos. Sólo con ver a cada vez más alumnos puedo intuir cómo serán sus vidas, y no me gusta. Los veo parados, explotados, manipulados y manejados por los poderes políticos. Y veo también a los dirigentes bebiendo champán y mascando jamón de bellota hartos de reírse y ciegos de éxito.

miércoles, 5 de marzo de 2014

DON CARNAL Y DOÑA PHILOMENA

Me vuelvo loco en los Carnavales de Tenerife. Es llegar a Santa Cruz y ver todo ese colorín, toda esa algarabía y tanta gente disfrazada que se me llena la vista de alegría y la boca de cubalibres. Qué paladar tiene esta fiesta, qué ánimo y qué forma tan sana de ver la vida y de afrontar lo que nos va deparando el tiempo. Allí estaba yo, en la plaza de la Candelaria, con mi disfraz la mar de bonito, mi cubata y, sobre todo, y esto es lo que más me gusta, con la seguridad de que, una vez finalizado el carnaval, no hay lugar para la pena en esta tierra de la luz azul y de comparsas. Esto me viene de lejos, claro, así, antediluvianamente, cuando en mi colegio de curas, en otro lugar, estas fiestas eran vistas como la depravación previa a los tiempos cenicientos de la tristeza, la penitencia y el pescado de los viernes. Llegaba el maldito miércoles de ceniza y un velo casi apocalíptico se cernía sobre el patio de la escuela. Nos llevaban a todos a la capilla y venga, a llenarnos la frente de polvo. Nos marcaban, como a las vacas, para recordarnos, con siete, ocho, nueve y taitantos años que íbamos a ser pasto de los gusanos. El más indicado de los mensajes a una edad en la que solemos ser impresionables. Ahora llega este miércoles y, con todo el recochineo del mundo, preparo el disfraz para el próximo fin de semana, el de piñata, en el que me lo voy a pasar todavía mejor y voy a pecar por los siglos de los siglos.
Todo este oscurantismo, toda esta pena con la que hay que prepararse para celebrar la masacre de un hombre, se me elevó a infinito, como decía uno de esos curas cuando explicaba los límites matemáticos, justo ayer cuando veía Philomena, esa película en la que Judi Dench, grandiosa actriz, interpretaba el papel de una madre en busca de su hijo robado por unas sormarías en un convento irlandés. En algunas escenas el silencio de Judi es desgarrador, su mirada arrasada por la tristeza, por el peso de una vida rota y siempre en búsqueda… Estas actrices mayores, bellísimas en su vejez, de talento inconmensurable, son, al menos para el que esto escribe, el mayor valor de la industria cinematográfica actual. Son capaces de llevar ellas solas todo el peso de la película. Hay una escena en la que Philomena se encara con una de esas delincuentes de crucifijo y agua bendita para otorgarle su perdón, porque ella, Philomena, no puede vivir con ese peso de rencor. ¿Cuántas madres españolas habrán sido capaces de perdonar? ¿Se puede perdonar un crimen como este? El golpe de efecto de la película es genial en este punto, porque le da la vuelta a la tortilla. ¿Quién debe perdonar? ¿Quién debe pedir perdón? ¿Para quién la penitencia? De niño nunca entendí eso del pecado original, qué había hecho yo al nacer y a santo de qué tenían a mí que perdonarme, si era un niño muy bueno, no le contestaba a mi madre y sacaba muy buenas notas… Qué gente, por Dios. Qué miedo.
Y claro, con todo esto mi ganas de fiesta se han multiplicado. No voy a hacer penitencia, no señor, no voy a dejar de comer nada los viernes, no voy a parar de folgar, como decía fray Luis,  y voy a gozar de todo lo que venga, porque la vida, como cantaba Celia Cruz, es un carnaval y las penas, al menos las mías, se van bailando. 

lunes, 24 de febrero de 2014

TÓPICOS

No hace muchos días volvía un diario internacional a criticar a los españoles porque somos un país en donde se cena a las diez de la noche. “Vaya, ya estamos con los tópicos de siempre”, se oyó en radio, en televisión y se leyó, igualmente, en internet. Los tópicos, como se sabe, son lugares comunes convertidos en fórmulas o clichés fijos por la retórica antigua, lector ilustrado, que en la mayoría de los casos, mal que nos pese, esconden una verdad impepinable. Sí, lectores trasnochadores, es verdad que aquí cenamos a las diez y que dormimos la siesta, y eso no debe avergonzarnos, como cuando vas a ver las pelis de Torrente y sales diciendo que son buenísimas (a mí la segunda entrega me dejó sin aliento de tanto reírme). A todos nos gusta poner etiquetas, lo que pasa es que ahora nos ha tocado a nosotros. La marca España. Para desagraviarte, lector herido, voy a encasquetarles yo una a estos ingleses de segunda. Los americanos son un pueblo en donde se mata a los niños a balazos en las escuelas ¿Ves? No pasa nada. Míralos, tan panchos, entre disparo y disparo y siguen siendo la primera potencia mundial.
 Más que el tópico, lo que puede que nos ofenda es la generalización. Ni todos los yanquis matan niños en los colegios, ni todos los ingleses vienen al país en donde se cena a las diez a tirarse como imbéciles a la piscina desde un balcón, ni todos los españoles dormimos la siesta… Cómo nos ofende a los españoles que se mofen de nosotros. Los toros, las sevillanas, la pereza, el buen tiempo, los políticos corruptos. Qué le vamos a hacer si yo, y tú, lector melódico, nacimos en el Mediterráneo. Seamos sinceros. También estamos nosotros todo el día rajando de la Merkel, de Obama, de la calidad de las toallas de Portugal o de los franceses, que preferimos ni nombrarlos. No lo podemos evitar. Seguimos conservando, oh lector, un poquito de esa prepotencia imperialista de otro tiempo que nos hizo conquistar medio mundo y quemar en la hoguera el otro medio.  A ver si empieza ya la temporada de las ferias y nos vamos relajando un poco, que estamos todos tensos.
Otra idea que se maneja ya como tópico contemporáneo es que debemos estar todos y todas (porque los tópicos no entienden de discriminaciones) conectados a la red. Si tienes gases, que lo sepan en Twitter. Si dejas de tenerlos, avisa en Facebook. Si las croquetas te han salido doraditas y cuscurrosas, sube la foto a Instagram y si vienes de tirarte al vecino del tercero, coméntalo con tu grupo de Whastapp, que los españoles somos muy envidiosos y vas a disfrutar provocándonos (esto no es ningún tópico). La cosa es que estés entretenido escribiendo boberías mientras la vida pasa y también pasa la tuya. Somos, posiblemente, la generación que más lee y más escribe… este tipo de mensajes. Tuve un profesor en la universidad que siempre defendió que hoy se escribe tanto en internet porque la gente está cada vez más sola. Qué tristeza que pueda sentirse el vacío o la soledad porque se caiga una red social, como ha ocurrido con Whatsapp este fin de semana. Estamos haciendo mal muchas cosas. Hemos de volver a las tascas. Los bares no se caen nunca. Te puedes caer tú, lector ajumado, las cosas como son, pero por otros motivos. En cualquier caso, tus amigos te sostendrían, que no te quepa duda.
Esto de la conexión y la escritura de banalidades es la materialización de lo que dijera McLuhan hace ya décadas, que a diferencia de otras épocas, en esta asistimos a la conversión del medio de comunicación en el mensaje mismo, es decir, lo importante no es lo que se cuenta, sino la espectacularidad del medio en el que se cuenta, estar ahí, estar presentes y nada más. De hecho, si no estás en los medios, no existes ni como empresa, ni como diario, ni como escritor, ni como nada. Para más inri, y este es otro tópico más que esconde también una verdad como un templo, todo lo que se diga en los medios es automáticamente verdad. El ciudadano de hoy generalmente no cuestiona lo que sale en la tele o lo que se publica en la red. Si sale, es que es verdad. Es lo que ha ocurrido con Operación Palace, el falso documental de Jordi Évole emitido el domingo pasado en La Sexta. Las reacciones provocadas eran de esperar. A nadie le gusta que le digan idiota a la cara, aunque lo sea. Confieso que me encantó. Me puse una Pepsi (en mi casa ya no entra la otra, por su política de empresa) y un platito de almendras frititas. Al principio empecé a dudar y, conforme avanzaba la emisión, y me iba quedando sin almendras, me dio por reírme de mí mismo. Me acordé de los magníficos relatos de Borges, de la invención, de la apariencia de verdad, de la automatización a la que nos tiene condenados el discurso oficial… “Fraga se encolerizó porque era la hora de comer”, dijo Vestrynge. Una absoluta genialidad, ¿o es que no se lo imaginan con el bañador de Palomares y pegando voces en el congreso porque era la hora de la tortilla francesa?
La prensa está que echa chispas. No toda, claro, que ya hemos dicho que las generalizaciones son odiosas. Lo más divertido ha sido leer a contertulios de esos programas sobre gatos quejándose de estos recursos de ficción y de engaños, como si ellos no hicieran lo mismo todas las noches en sus tertulias o todos los días en sus periódicos cuando hablan del 11M, de ETA, de las fronteras o qué sé yo.

Ah, que se me iba a olvidar y sería imperdonable. En el fake de Évole, Ansón hablando de repente de la belleza de Elsa Pataki. Es que ha sido genial. ¿Se puede ser más socarrón y más español? ¿Caigo en el tópico? Pues eso.

sábado, 15 de febrero de 2014

DE ESTOS POLVOS...

Dicen los expertos que, posiblemente, el mejor poema de amor en lengua castellana sea el conocido soneto de Quevedo que termina con ese verso inolvidable, “polvo serás, mas polvo enamorado”. Como puedes ver, lector polvetero, esto es mucho más hermoso y reconfortante que el ceniciento “polvo somos y en polvo nos convertiremos” que nos soltaba el cura el miércoles de ceniza (afortunadamente para estas cosas ya uso desde hace muchos años cualquier tipo de pretérito). Como los tiempos para la lírica siguen corriendo muy malamente (me estoy metiendo en un callejón sin salida con el gerundio de correr, lo sé, pero de los cobardes no se escribe nada), la sabiduría popular ha acabado prefiriendo eso de “polvo somos, en polvo nos convertiremos y entre polvos nos divertiremos” que, además de ser verdad, es absolutamente cierto, que diría una gran amiga mía y que sintetiza el polverío de don Francisco y el de la curia, que parece que de esto también sabe mucho (mira, si no, lector folclórico, la seguidilla del siglo XVI que dice “Por la mar abajo / va Catalina / las piernas de fuera / un fraile encima”). Total, que a nadie se le ocurre ir el día de San Valentín a clase con el poema de Quevedo s
alvo a mí para hablar del amor incondicional más allá de la muerte, como lo titulan los libros, con estas generaciones que saben más de polvos que Marcial Maciel y Quevedo juntos (es horrible la imagen, sí) y que se lo toman todo a guasa y se lo pasan por el arco del triunfo.
Decía hace unos días Rafael Reig, con toda la razón, que el concepto que hoy tenemos del amor surgió en el siglo XV, en la incipiente clase burguesa. Era cosa de ricos, de calixtos y melibeas. Sin embargo, la jodienda. escandalizado lector (sí, sí, tú), ya es otra cosa. El temblequillo y la desesperación sí que son intemporales (“¿Qué me quiere, señor? Niña, joderte. / Dígalo más rodado. Cabalgarte. / Dígalo a lo cortés. Quiero gozarte. / Dígamelo a lo bobo. Merecerte.”). Por eso mi vecina, mucho antes que otros ilustres periodistas lenguaraces, siempre ha estado en lo cierto con lo de los matrimonios imposibles de los vástagos de Juan Carlos I y de esa señora tan arreglada que vive en Londres y que viene a España de vez en cuando. Una institución medieval como la monarquía no concibe ni entiende el amor como hoy lo percibimos los muertos de hambre a los que solo nos va quedando eso, cuatro besos en guerrilla y algunas siestas reconfortantes. Cuando no hay ni lo uno ni lo otro, algún soneto de mierda. Lo de príncipes y princesas enamorados es cosa de Disney, no de la Zarzuela. Para muestras, un botón. O tres. Jaime de Marichalar nos salió rana, Iñaqui Urdangarín rana cuatrera y Letizia está a punto de volver a convertir a Felipe en un sapo, por Borbón. “Voto a Dios que me espanta esta grandeza”.
Para amar hay que prepararse, como para cazar elefantes o blanquear dinero, y para lograrlo, para encontrar a la persona adecuada, nuestros adolescentes, rebosantes de hormonas (“¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Direlo?”), a punto de estallar por todos lados, pero sobre todo de cintura para abajo, deben contemplar las estrellas, beber zumos y hablar sobre la eutanasia o el aborto, según una publicación del Aula de sexualidad del diario ABC en contra de la masturbación. Fíjate tú, lector humano y comprensivo, los pobres, empalmados hasta las cejas, y discutiendo si las mujeres mandan en sus moños y en sus coños, como dijo hace unos días una diputada de Amaiur. Hay edades para hablar de la eutanasia, y otras mucho más encendidas para darse una alegría tras otra meneando la maraca, mientras suena eso de “Tengo una debilidad, / ay qué calamidad, / mi vida es un disgusto./ Tengo una debilidad, / no sé qué pasará / si no me doy el gusto”. 
Que por Machín hemos cantado y bailado todos, incluso nuestros ministros (te dejo que te los imagines, lector travieso e irreverente). Estos, desde luego, bailan, cantan, hacen monólogos y hasta magia, miren si no el arte que tiene el ministro del Interior para marear la perdiz y para decir ahora sí y después no o ahora no y después sí con ese acento postridentino. Mueve las caderas mejor que Shakira y Piqué en sus wakawakas prematrimoniales, mientras ente jadeo y jadeo místico recitan eso de “Yo toda me entregué y di, / y de tal suerte he trocado, / que mi Amado es para mí / y yo soy para mi Amado”. Ojú qué duende. Solo le ha faltado afirmar que la Guardia Civil disparó pelotas de goma a los inmigrantes en el mar para que se agarraran y no se hundieran y que ETA está detrás de todo esto como autor intelectual, sin duda alguna (el comando ceutí o ese movimiento callejero norteafricano conocido como la cabila roca…). Dos escándalos fronterizos de este calado en poco más de una semana serían suficientes en cualquier otro país civilizado para que el ministro de Interior mordiese el polvo, dicho sea de paso. Aquí no. Tranquilidad. Se lo avisó en mitad de un sueño una santa prima hermana hace un par de noches, “Nada te turbe; / nada te espante; todo se pasa”. Morirse tampoco es para tanto, “Acaba ya de dejarme, / vida, no me seas molesta; / porque muriendo, ¿qué resta, / sino vivir y gozarme? / No dejes de consolarme, / muerte, que ansí te requiero: / que muero porque no muero”. Vamos, que no están muertos del todo. 

Qué capacidad tiene esta gente para amargarnos la vida con sus comparecencias para idiotas y sus alardes de inoperancia. Se me ha amargado hasta la columna con estas cosas inhumanas e inconcebibles a estas alturas de la historia. ¿Dónde están los derechos humanos? Y eso que es un ministro muy cercano al Opus Dei. “La mar en medio y tierras he dejado / de cuanto bien, cuitado, yo tenía; / y yéndome alejando cada día, / gentes, costumbres, lenguas he pasado”, que dejó dicho Garcilaso y que es suficiente para cerrar aquí esta escritura. Fíjate, lector entristecido, cómo de aquellos polvos con los que empezamos hemos acabado enfangados en estos lodos fétidos. De mierda hasta el codo y de pena hasta el alma.

martes, 11 de febrero de 2014

DE GAFAS Y CULTURA



Sí, lector melindre, lo sé. Tú tampoco te has recuperado aún de esas imágenes aterradoras en las que Esperanza Aguirre se coloca unas Google glass e inmediatamente se pone a hablar en inglés. Miraba a los periodistas, se retorcía de risa y hablaba y hablaba en inglés dándole órdenes a las gafas para ir activando servicios. No sabemos si se le cayó el velo, si vio realmente la luz al final del túnel o si, por caprichos del destino, accedió por error (por una cuestión de pronunciación, seguramente) a alguna página erótico-festiva. Fue una iluminación, qué duda cabe, al estilo de san Pablo en el camino de Damasco, aunque salvando las distancias. Esperanza no quiere convertirse ni dejar de perseguir a nadie. Básicamente quiere unas gafas para ella sola y las quiere ya. Habrá que ver qué piensa el obispo de Alcalá sobre este nuevo chisme, si fomenta el feminismo radical o si es una herramienta diabólica más en el proceso de deconstrucción de las mujeres. Una cosa es poder votar y otra ya pasarse.
Estas cosas no le pasan a Ana Botella, ¿tú ves, lector feminista? Ella no usará unas gafas de esas luciferinas porque no podría activarlas en inglés. Las gafas, si hay que comprárselas, de pasta de la vasta y de colores discretos. El otro día pensaba yo en cómo aplicarle a esta señora el conocido dicho de la botella medio llena o medio vacía. Lo pongas como lo pongas, lo escribas como lo escribas, sale lo mismo. Una idea de ausencia, de falta de algo. “Señores jueces, no oigan a la gente de la calle, que eso son cosas de la revolución francesa, no de ahora”. Este es el horizonte ideológico de la alcaldesa de Madrid. Dicen que el inconsciente ideológico de clase es algo escurridizo, sibilino, oculto… Esta pobre es que es torpe hasta para adornar su propia ideología fascistoide. Lo dicho, ni llena ni vacía. Es algo digno de estudio. ¿Te acuerdas, sana lectora, de lo de las manzanas y las peras? Sí, mujer. Doña Ana es de las que toma los yogures de un sólo sabor. Pues ahora resulta, según las encuestas, que en España el 64% de los ciudadanos prefiere la macedonia, es decir, están a favor de las bodas entre homosexuales. Ni llena ni vacía.
Hace unos días me tronché de risa a propósito de una noticia que afecta a uno de los amigos del esposo de doña Ana Botella, el señor Blesa. Venía yo agotado de discutir sobre cuestiones baladíes a propósito de los procesos de enseñanza- aprendizaje de los que tanto gustan hablar los pedagogos y pedagogas (cosas del colegio, que diría mi sabia madre), cuando me encuentro en la prensa que Blesa gastó 9’1 millones de euros en un centro educativo de Madrid que nunca llegó a funcionar. ¿Hace falta especificar que en España un centro educativo no llega a funcionar? La noticia, lector hiriente-irónico-sarcástico, no tiene desperdicio. Por lo menos era un centro privado, ¿verdad? Qué interesante es el tema de la educación. Nos tiene a todos preocupadísimos. Hay que ver este Wert y su reforma, como si la culpa de lo que hasta ahora ha habido y hay actualmente fuera suya. Me dejo este tema para otro día, aunque el perdigonazo lo suelto ya. La ley Wert es una basura, pero la LOE huele también muy mal y nadie ha hecho nada para tirarla por tierra (el mismo tufo que la LOGSE. Ay, Rubalcaba). Enfrentémonos a la LOMCE, sí, pero también a la LOE, que es la responsable de los desastres en PISA y la que ha estado formando analfabetos funcionales desde hace mucho años. Jóvenes y ya no tan jóvenes que ni saben las operaciones matemáticas básicas, que escriben con tropecientas faltas de ortografía y que no entienden lo que leen.
También son cada vez más los que tampoco entienden lo que ven y que, en caso de gastarse las perrillas, prefieren Transformers IV que la última película de Trueba. El cine es, al fin y al cabo, un tipo de lenguaje. Hay que saber ver cine, como me dijo una vez un buen amigo. Hay que enseñarlo. La cultura lleva muchos, muchísimos años, recortada en España. No ha hecho falta que llegara el PP con Mariano Manostijeras. Lo que Rajoy y sus malandrines han hecho es podar la industria cultural, que es otra cosa. Cuando se acusa a Wert de ministro anticultura se le está atacando por una cuestión absolutamente económica (y no es ilegítimo, por supuesto). ¿Se es anticultura cuando se recorta una industria? ¿La cultura se vende? ¿Es lo mismo la cultura que los llamados “productos culturales” (véase un disco de un triunfito o el último premio literario amañado)?
Digo que es una cuestión económica porque la cultura no ha estado ni está entre las preocupaciones más importantes de nuestros dirigentes. Primero porque, es evidente, ni la conocen ni les interesa (la foto de Rajoy con el Marca no tiene precio), y, en segundo lugar, porque la clase dirigente siempre ha necesitado a una masa lo más iletrada y manipulable posible. Para vivir una cultura hay que garantizar su enseñanza. Un sistema que apueste por el conocimiento, por el esfuerzo, por el diálogo, por aquellas disciplinas que fomentan el pensamiento crítico… todo eso que o va desapareciendo de las aulas o se convierte en optativo… Sobra decirlo, pero para mentir y no pagar ningún precio por ello se necesita gente alienada, pasiva, conformista y comodona, sin criterio suficiente y sin autonomía.

Y digo todo esto, lectores cinéfilos, confesándome seguidor del buen cine, tanto español, como americano, como francés o como polaco. No voy a ver una película porque sea española, sino porque sea buena. Es cierto que cada vez voy menos porque considero los precios abusivos. Y ya ni te cuento cuando hay que verla en 3D con las gafas, un auténtico robo a mano armada. ¿Se reiría por eso Aguirre con sus Google glass? Quién sabe.

sábado, 8 de febrero de 2014

NUEVA CARTA SOBRE EL COMERCIO DE LIBROS


A principios de abril saldrá a la venta esta Nueva carta sobre el comercio de libros en la que colaboro junto a otros estupendos escritores. Lo editará Playa de Ákaba, y dará mucho de qué hablar.