De la edición
de este año del reality Supervivientes, que emite Telecinco, me
gustan dos cosas. La primera, volver a ver la sonrisa de Raquel Sánchez Silva,
una de las presentadoras, después del varapalo que le dio la vida hace no mucho
tiempo, y la segunda, la participación de Bibiana Fernández. Desde siempre he
tenido debilidad por la actriz y tertuliana anarrosística, no sé, su
desparpajo, su acento, el movimiento de sus manos al hablar, su idea de lo que
es la vida. Es uno de los pocos personajes de la televisión que sabe estar, que
es educada y que, sobre todo, no grita, y eso en los tiempos que corren es un
valor en alza. No creas, lector televidente, que soy un fan absoluto de este
tipo de programas. Veo fragmentos cuando hago zapping o estoy esperando a que
se termine de cargar en el ordenador el último capítulo de True Detective. Una de las secuencias que me impactó el otro día
fue la de ver a los concursantes comiéndose entre todos un pescadito tipo
boquerón la mar de bonito y chiquitito. Madre del amor hermoso, qué hambre pasa
esta gente. Claro, así vuelven de las islas, con una pila de kilos menos y con
el pelo requemado de tanta playa y tanto sol que ni con Pantene pro-v. Se trata de sobrevivir y, como buenos aventureros,
deben sobreponerse al frío, a la picadura de mosquitos y al hambre. Todo está
en la cabeza. Si te mantienes sereno y controlas el coco, superas cualquier
prueba.
Es,
básicamente, lo que piensa el ministro Montoro, ¿verdad? En España no hay
hambre infantil, no, de ninguna manera. Lo que hay es gente muy desconcentrada
que no es capaz de tener el estómago a raya. Es lo que ha debido de decirles a
los cabecillas de Cáritas, esa panda de esmirriados que no hace más que
quejarse y levantar falsos testimonios. Ha tenido que ocurrir algo entre el
ministro y la asociación porque hace bien poco, recién llegados al Gobierno,
los peperos gritaban a los cuatro vientos las virtudes de Cáritas y lo mucho
que hacían por los pobres que Zapatero les había dejado en herencia. No sabemos
si habrá una justicia divina, superior o extraterrestre, lector hipotético, y
por eso es mejor no apelar aquí a ella. Humana, desde luego, en España no la
hay, y a la vista está (bueno, hay justicia para los corruptos, pero esos en
nuestro país no son hombres, sino héroes, y, por tanto, tampoco se les puede
aplicar código real alguno). Tendremos que apelar, entonces, a la dignidad, a
la ética o a la moral y así podremos, también nosotros, gritar a todos los
vientos que sean que este señor no tiene dignidad ni tiene vergüenza, ni ha
tenido ni sabe lo que es tener hambre. Hasta la mismísima Iglesia ha salido en
defensa de los pobres. El padre Ángel o sor Lucía Caram le han sacado los
colores al ministro Montoro y a su Gobierno, cocineros de la mayor mentira que
estamos viviendo en los últimos meses. Mientras las familias pasan hambre,
apagan calefacciones y vitrocerámicas o son, finalmente, deshauciados, nuestros
representantes, sí, nuestros representantes están empeñados en rescatar a las
autopistas españolas con unos 2400 millones de euros.
Miles de familias sobreviven en España gracias
a la ayuda de Cáritas, entre otros. Son los supervivientes de Montoro. En mi
instituto de Educación Secundaria Obligatoria tenemos un montón de concursantes.
Les damos el bocadillo con el zumo a media mañana porque no lo pueden traer de
casa. Algunos niños llegan a las ocho y media no solo sin haber desayunado sino
también sin haber cenado la noche anterior. Hay que ver qué jodidos son los
niños, ¿verdad? Qué edad tan mala. Todo lo magnifican… Algunos nos piden dos
bocadillos, uno para su madre, que no cenó ayer, maestro. Qué fantasía la
infantil, qué creatividad la de los niños españoles. Qué poca vergüenza y qué hambre, ministro.
Qué hambre.
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