sábado, 7 de marzo de 2020

RESEÑA DE GENÉTICA DEL LLANTO, DE COVADONGA GARCÍA FIERRO, EN IDEAL

VOLVER AL ORIGEN
En el poema “Yo no temo al amor”, el yo poético asegura que “No temo a la vejez, / sino a que se escape el tiempo”. Se trata de un tiempo entendido como experiencia de vida, no como devenir inevitable. El miedo de la voz poética no es al paso de los años, sino a la imposibilidad de conservar lo que alguna vez fue vivido. Sólo desde la rememoración es posible enfrentarse al vacío de la muerte: “No quiero empezar a olvidar / ya sin tregua”. Genética del llanto ejemplifica a la perfección cómo a través de la evocación de los espacios de la memoria, de la reelaboración de la experiencia y de la escritura del recuerdo se puede construir la propia vida. Recordar es dinamizar la existencia y su dimensión temporal, esto es, de revivir. Por eso “El origen”, el primer poema de la primera parte, ilumina y conduce la lectura de todo el libro a través de las geografías del amor perdido, de la nostalgia o de la angustia. Especial atención requieren los textos que profundizan en el sentimiento de la soledad, recordando que, como decía María Zambrano, escribir es defender la soledad en la que se está: “Yo soy su morada. / La soledad me habita / y yo la requiero”.

Publicada el 21 de diciembre de 2019
https://www.ideal.es/culturas/libros/libros-publican-semana-20191221020201-nt.html

jueves, 27 de febrero de 2020

RESEÑA EN IDEAL DE UN PARÍSO DE ORINES, DE GSÚS BONILLA


PARA SOBREVIVIR

Cuando ni es inspiración ni hobby, la escritura es una condena. Hay un fragmento en las Correspondencia entre Hermann Hesse y Stefan Zweig difícil de olvidar. Zweig escribe el 1 de noviembre de 1903 que “Paso cada vez más tiempo soñando. La creación se convierte en un tormento”. Diez días después contesta Hesse: “En un principio, a partir de esa miseria, y de la enorme dificultad a la hora de crear (cada palabra me produce un tormento), no conozco otra salida que el intento de expresar esa misma miseria”. Desde luego no han sido ni los primeros ni los últimos en dar cuenta de los dolores de la escritura, basta con recordar a Kafka. Quizás esta crudeza resulte chocante en tiempos como el nuestro, idiotizado por los medios y arrasado por la estupidez y la feliz banalidad.
La voz poética de Gsús Bonilla se articula como el alarido de lo insignificante para la ideología capitalista. Es de las migajas sobrantes de la interminable fiesta neoliberal desde donde el yo poético puede desplegar una palabra que, a pesar del dolor y el desamparo, se alza vivaz y esperanzadora. Es más, la realidad del sufrimiento, su carnalidad, son las que posibilitan una respuesta poética combativa y concienciada. Poesía para la supervivencia.


https://www.ideal.es/culturas/libros/analisis-semanal-novedades-20200222005227-nt.html 



viernes, 21 de febrero de 2020

RESEÑA DE RUTINA DE VOLAR, DE ANTONIO REVERT, EN IDEAL

Desde su primer libro, Diego contra la oscuridad (2014), la poesía de Antonio Revert Lázaro se despliega como un ejercicio constante de indagación a través de las grietas que el sistema de vida neoliberal que nos produce y que nos arrasa genera en sus propias estructuras internas. Por eso, en este Rutina de volar (2019), el tercero de los libros del autor, la figura del poeta es definida como “persona que se aloja en cierta búsqueda”. 
Buscar se convierte en la clave de un quehacer lírico comprometido con la historia y con la condición del ser humano contemporáneo, una tarea que no encuentra finalización satisfactoria. La escritura deviene así en arqueología constante hacia el abismo, en labor contradictoria, agotadora. Si para Juan Ramón Jiménez el poeta era un ser condenado a nombrar, para Stefan Zweig la creación llegó a convertirse en un tormento porque, posiblemente, la búsqueda del sentido no pueda ser más que eso, una búsqueda constante en donde el éxito no está garantizado. De ahí que en el poema “En esta casa”, la voz poética diga: “Yo, / cada noche / escribiendo poemas, / intentando sacudirme así / millones de palabras de mi mente / que quieren robaros los silencios”, o en el poema “Idiomas”, cuando leemos: “Cómo tocar la luz, / si mi pies están llenos de palabras”.
            La retórica de lo aéreo es evidente desde el mismo título, pero no se trataría solo  de una elevación física, sino también ética y estética. Bachelard señalaba a propósito del vuelo que se trataba del más elevado logro moral. Toda valoración es una verticalización en el sentido de que la valoración vertical es tan esencial que el espíritu no puede desviarse de ella si ya ha reconocido su sentido inmediato y directo. Para el francés no se puede prescindir del eje vertical para expresar los valores morales, puesto que el camino que debe recorrer toda persona es el de la ascensión. Por eso Rutina de volar está plagado de jacarandas, hidroaviones, gaviotas, brumas, gorriones, ruiseñores, súbitos vientos y cielos negros. Así, en el poema “Happy End” podemos leer: “Tú, sentada en lo alto / conversabas con un eucalipto. […] / Ayúdame a ascender”. Esta petición de ayuda marcará desde el principio el tono de un libro que discurre en cada una de sus partes (“PLANTEAMIENTO”, “NUDO”, “DESENLACE”, “UN POEMA A MODO DE EPÍLOGO”) como discurso amoroso y como materialización de una ética del cuidado que mira constantemente hacia los otros, hacia los seres humanos, los animales y los entornos naturales. “Aletea así, / que yo te vea. / Ríe, / ríe siempre; / que yo cuido – entretanto – tus ovejas”. Así la rutina de querer. Así la de volar. 

RESEÑA EN IDEAL DE EL FRÍO PROLETARIO, DE ISABEL PÉREZ MONTALBÁN

Isabel Pérez Montalbán, considerada una de las voces más significativas de la poesía de la conciencia crítica, siempre ha manifestado que entre las responsabilidades de un autor están la de recuperar la memoria, “nunca neutral sino contrastada”, la de cuestionar el presente y la de “aventurar un futuro y una utopía posible”. Son palabras que sirven de pórtico a la antología poética titulada El frío proletario. Antología (1992-2018), posiblemente uno de los textos más esperados por quienes han seguido la trayectoria de la poeta cordobesa en las últimas décadas. Veintiséis años de poesía que merecían la visibilización definitiva, la relectura y el acercamiento de nuevos lectores a una poética realista y comprometida, alejada de florituras o ensimismamientos, hija de su tiempo porque, como la propia autora señala de la mano de Juan Carlos Rodríguez, “la literatura es un efecto de la historia y de los individuos históricos”. Desde los primeros No es precisa la muerte (1992) o Cartas de amor a un comunista (1999) hasta los más recientes Siberia propia(2007) o Un cadáver lleno de mundo (2010), el yo poético habla desde los oprimidos, como ya señaló Alberto García-Teresa, y va construyendo su identidad sin renunciar a ciertas referencias autobiográficas que se inscriben dentro de la lucha de clases. 
            En Cartas de amor a un comunista, uno de sus textos más conocidos, Pérez Montalbán escribió que “toda la historia de la sociedad humana, hasta el día, es una historia de la lucha de clases”, de ahí que la mirada poética parta desde esta premisa en su lectura de la realidad. Esta manera de mirar el mundo atraviesa toda su poética y está debidamente justificada en el pórtico de la antología, “Presentación”. Junto a este referente de la realidad, para la poeta resulta imprescindible que el escritor utilice y asimile toda forma de conocimiento, es decir, no sólo el académico, sino también los muchos saberes, la conciencia del entorno y de lo oculto tras lo evidente, puesto que una de las obligaciones del artista es el compromiso de estar alerta ante la realidad propia y ajena. Hay que escribir como testigo, como cronista, partir si es preciso del sí mismo para ir al encuentro de los otros, a la materialización de la experiencia colectiva, a la construcción de un proyecto común. 
            Uno de los símbolos más importantes en la poesía de la cordobesa es el del frío, no sólo esa heladez que encarna el dolor, la explotación, la miseria o el sufrimiento de la clase obrera, sino también la conciencia gélida de la derrota que cala hasta los versos de muchos de los poemas de esta antología, porque luchar contra el orden establecido no garantiza en la mayoría de casos, la victoria.  

martes, 18 de febrero de 2020

RESEÑA DE FACCIÓN ESPAÑOLA SURREALISTA DE TENERIFE

La revista italiana Cuadernos del Hipogrifo ha publicado mi reseña sobre la edición crítica que Roberto García de Mesa ha realizado del libro Facción Española Surrealista de Tenerife, de Domingo Pérez Minik, en Ediciones Idea, 2018







En mayo 1935, la revista literaria Gaceta del Arte organizó en Santa Cruz de Tenerife la “II Exposición Internacional del Surrealismo”, la muestra más importante de la época en su género, que contó con la presencia de André Breton, Benjamin Péret y Jacqueline Lamba, invitados por la propia revista y por el Ateneo de la ciudad. Su presencia en la isla la motiva el interés que siempre manifestaron desde París por que el movimiento surrealista acogiera a creadores extranjeros entre sus filas, y el grupo ubicado en Tenerife había demostrado estar a la altura de lo exigido y deseado por Breton y compañía. Durante su estancia en el archipiélago no solo llegan a impartir cuatro conferencias, sino que también se proyectará el polémico film La edad de oro, de Buñuel y Dalí, y firmarán conjuntamente franceses y canarios un manifiesto en el número 2 del Boletín Internacional del Surrealismo: André Breton, Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Benjamin Péret, Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl (fundador y director de la revista Gaceta de Arte entre 1932 y 1936). De entre todos es Pérez Minik quien, años después, en diciembre de 1975, recién muerto el dictador Franco, publicará Facción española surrealista de Tenerife.
            Desde su aparición hasta hoy el texto se convierte en un libros fundamental para comprender el surrealismo español, si bien no ha recibido la atención que mereciera. Todavía hoy no se conoce lo suficientemente bien al grupo de Gaceta del Arte, posiblemente desenfocado tras la presencia deslumbrante de algunas individualidades de esa mal llamada “Generación del 27”, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Por eso esta edición crítica de Roberto García de Mesa, la primera que se realiza sobre la Facción…, resulta tan pertinente.
            García de Mesa destaca en su estudio preliminar la imprescindible labor que realizó Domingo Pérez Minik contra el olvido de nombres y obras que barrería el franquismo del panorama literario español. No se trata sólo de un trabajo de reconstrucción de la memoria histórica, sino también de conexión de una literatura producida en el archipiélago canario con, digamos, el canon de la literatura universal, en un tiempo en el que España se había cerrado a cualquier corriente cultural de procedencia extrajera. El libro supone la reivindicación de una nómina de autores españoles que acapararon la atención de los surrealistas franceses por encima de muchos otros que son hoy considerados como tales.
            Además del estudio preliminar y de un considerable aparato bibliográfico, imprescindible para el estudio del surrealismo en nuestro país, García de Mesa ofrece la edición anotada del texto original, sus diecisiete capítulos y la valiosísima antología poética, también original, que recoge los poemas de Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Eduardo Westerdahl, Emeterio Gutiérrez Albelo, Domingo López Torres, Juan Ismael González y José María de la Rosa.

http://www.revistaelhipogrifo.com/wp-content/uploads/2020/02/118-119.pdf

RESEÑA DE MOBILIARIO BÁSICO, DE ANTONIO REVERT

Este es el texto que leí en la divertidísima presentación de este libro del poeta Antonio Revert

Una primera consideración para empezar de las muchas posibles que podríamos plantear a propósito del texto que tratamos. La pregunta definitiva, la más relevante, o si se quiere, la auténtica experiencia literaria es la pregunta por cómo vivimos, que decía Tabarovsky (2010: 163) Cuáles son nuestras condiciones de vida, cómo es nuestra relación con los demás, qué espacios habitamos, cómo nos condiciona el tiempo que vivimos, cómo el poder determina nuestras prácticas vitales, nuestro amor, nuestra sexualidad, nuestra libertad y nuestra palabra y cómo le hacemos frente a la palabra del poder. Son distintas las respuestas que podemos darle a la pregunta, según el lugar desde donde respondamos, puesto que siempre se escribe y se dice para algo, es decir, que la escritura puede convertirse en un instrumento para el cambio y, sobre todo, siempre muestra el posicionamiento político de quien escribe (García-Teresa, 2017: 17-48 ). 
Es absolutamente imprescindible tener en cuenta que nadie se encuentra descomprometido (aunque diga no creer en el compromiso) puesto que nadie escribe desde el vacío, sino desde un lleno histórico radical, desde un inconsciente ideológico sobre sí mismo, el mundo y la escritura, como siempre defendió Juan Carlos Rodríguez (Voces del extremo, 2008: 18). Si tenemos en cuenta que un poema es responsable tanto de lo que dice como de lo que calla, como señala Maeso (2017), habría que plantearse, por ejemplo, qué dice y qué calla hoy gran parte de la poesía que se publica en España. El planteamiento nos llevaría demasiado tiempo.
 Quizá en otra ocasión, porque ahora necesitamos una segunda consideración, siguiendo la argumentación que habíamos establecido hace un momento. Escribir hoy un libro de poemas supone asumir que el discurso que lo articula lo sitúa en los márgenes, en el extremo, en la frontera de la comunicación y del lenguaje. La razón neoliberal, la racionalidad mercadotécnica que arrasa nuestro pensamiento y nuestra forma de vida y que se formula y extiende desde los medios de comunicación de masas se materializa en esas nuevas subjetividades que han hecho del discurso de lo útil, de la productividad y de la competitividad el único argumento relevante de la vida. También el único argumento de la literatura. Sin embargo esa dialéctica de lo útil frente a lo inútil, tanto para quienes celebran la inutilidad del discurso poético como para quienes defiende la utilidad de cualquier práctica literaria distorsiona, desenfoca y desorienta porque los términos del problema no son útil/ inútil, sino necesidad, mostrar la necesidad de la continuidad del sentido, como defendía Fernández de la Torre. 
Esa construcción de sentido es la que posibilita al yo lírico decir, en el poema VISIONES ETÍLICAS (I): “Como si escribir buenos poemas / no fuera una cuestión de ser / aún el niño que yo era, / para que lo que salga de mi pluma / pueda ser “verdad” como un río. / Algo de toda la verdad de mi perra, / de la mirada transparente de mi hijo, / para así encender aún un fósforo último / y no ahogarme, / y seguir creyendo, / mientras me sirvo otro JB con coca-cola”.
  Construir, pues, sentido o darle sentido a una práctica vital y poética que se articula también como un hacer en un tiempo específico, histórico. La poesía no es algo que se tiene, sino algo que se hace (Juan Carlos Rodríguez, 1999: 213), que se produce y se construye a través del lenguaje cotidiano, siempre viciado y comprado por el uso diario como mercancía tanto de hombres como de mujeres, de ahí que sea tan importante el ejercicio de indagación en lo cercano, esa práctica poética de indagación y desvelamiento. Y no hay nada más cercano para la voz poética que su propia casa, que como decía Bachelard, no es otra cosa que el símbolo de la propia vida. El hogar como espacio habitado y amueblado de recuerdos, palabras, seguridades y miedos. Así, Mobiliario básico cuenta con una estructura bipartita perfectamente equilibrada, “Muebles de interior” (con 28 poemas) y “Muebles de exterior” (con otros 25). En la primera parte, el sujeto poético rememora la infancia a través de una serie de textos en los que el recuerdo funciona como configurador de identidades. Los poemas abundan en localizaciones y tiempos, confirmando así que los poemas son espacios de la memoria y que es la rememoración a través de la escritura la que posibilitará la voz del sujeto poético ahora y en la segunda parte. Esta materialización del espacio-tiempo de la experiencia es muy significativa a lo largo de toda esta primera sección: la ciudad (Alicante), la familia, el verano, el colegio-cárcel, etc., y lo es porque justifican la mirada que se desplegará en ese “Muebles de exterior”, es decir, son poemas-eslabones que conectan tiempos distintos y a través de los cuales asistimos a la formación de una voz firme, comprometida y humanística, cuyo origen está en ese verano ya perdido para siempre, en las ruinas acumuladas en la mirada, en las tareas escolares cercenadoras de libertad. De ahí que esta primera parte se abra y se cierre con sendos poemas sobre el dolor del mundo, del que sabremos mucho en la segunda. La tarea del poeta, en palabras de Ingeborg Bachmann, consiste, o debería consistir, en no negar el dolor. Y no negarlo supone alzar la voz en defensa de la verdad y contra la mentira. El poema PARALELOGRAMOS lee así: “Subirse a un tren. / Abrir un álbum de fotos antiguas. // Una ventana. / Una fotografía// Todo el dolor / dentro de un rectángulo”. En CUANDO SEAS MAYOR LO ENTENDERÁS, lee la voz poética: “Ante un niño / ladrillos idénticos/ de idéntica leyenda: / “Ahora de niño no lo comprenderás / ya lo entenderás cuando seas mayor”. // Pasan los años, / se apelmazan, / sobreviene un muro, / eres mayor, / es tarde ya para preguntar. / Nadie recuerda ya ni las preguntas. / Nadie recogió a aquel niño del colegio. // Cristalizado el dolor, / solidificado el gesto, / enterrada la luz de la duda, / se impone el frío: / un edificio por cada ser humano, / por cada niño acallado, / por cada aplazamiento del abrazo. // Hay una explicación pendiente, / sí, por cada mujer, / por cada hombre. / Un aullido que nadie escuchó. // Ahora no entiendes, / cuando seas mayor tampoco. // Miro las olas romper, / lentamente respiro, / todo está por silenciar”.
Los poemas de la primera parte prefiguran los de la segunda, y por eso resulta clave el poema-profecía RELACIONES ENTRE ADULTOS, que lee de esta manera: “Una piscina en agosto / llena de niños heridos / que se dan codazos / chillan / ríen / ajenos / al drama”. Drama que va a describirse y desplegarse en “Muebles de exterior”. 
En Microfísica del poder escribía Foucault (1979: 89) sobre las relaciones entre el poder y el saber y apuntaba lo siguiente: “Cuando pienso en la mecánica del poder, pienso en su forma capilar de existencia, en el punto en que el poder encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana”. 
Quizá sea hoy más necesario que nunca señalar que el mundo en el que vivimos es un mundo de palabras que ya están dadas, palabras que expresan el poder y el sistema que domina, el capitalismo (Casado, 2004: 128). Veámoslo en el poema con el que abre esta segunda parte, titulado AVANCES HUMANOS: “Por mucho cemento / al que se vea conducido / el día a día de mi perra, / siempre hallará un minúsculo parterre, / una esquina de un parque diminuto / o siquiera un triste descampado / que le ate bien a la tierra. // Son habilidades perdidas por nosotros / en el camino hacia el progreso, / según dicen”. Este “según dicen”, este dominio o esta victoria se lleva a cabo mediante un movimiento de normalización que consiste en la defensa de su propio discurso como único posible, hasta el punto de que hemos creído que el sistema de producción capitalista es inherente a la naturaleza humana, que nacer capitalistas es una cuestión de amor y biología. Esta racionalidad mercadotécnica o tardo-moderna, además, ha sido capaz de desactivar y de apropiarse de conceptos básicos como libertad, sujeto, democracia, medio ambiente, mujer, cultura, sexo y tantos otros que formaron parte de discursos liberadores en el pasado y que, de forma casi imperceptible, han pasado a formar parte de las narraciones y construcciones propias de la lógica, hoy, neoliberal. Con una visión cargada de ironía el poema PAPÁ, ¿QUÉ ES EL LIBERALISMO ECONÓMICO? pone el dedo en la llaga en este sentido: “busca tú la respuesta hijo apáñatelas hoy en día todos podemos acceder al conocimiento en igualdad de condiciones no me pidas ayuda si no logras saberlo será porque no te esforzaste lo suficiente capaz eres hasta de pedirme subvención a ver si vas a ser de izquierdas y por eso quieres que te lo den todo hecho tienes que ver este vídeo de Youtube que hizo Nestlé para que lo entiendas persigue tus sueños mira por ejemplo a Amancio Ortega que empezó desde abajo ojalá seas emprendedor como tu padre a mí nadie me regaló nada me voy a trabajar haz la tarea ya la chica te baña y te acuesta”.
Como hemos dicho más arriba, este tipo de racionalidad determina un tipo específico de subjetividad, esa competitividad, ese utilitarismo de todos los aspectos de la vida. Y hay que tener muy presente que, siguiendo la cita que hemos leído de Foucault, la acción de los gobiernos (aquello que denominó racionalidad gubernamental) no se limita solo al control económico y político, sino también a la introducción del poder y el control en la vida de los individuos y en sus propios cuerpos, de ahí que la lucha contra el neoliberalismo se deba llevar a cabo también  desde el terreno de la subjetividad, que es el propio de la literatura, y por eso la relevancia de este Mobiliario básico. Otro de los poemas más significativos es LA LLAVE DE LA CULPA, en donde el yo poético, ácidamente, describe a la perfección los tentáculos del poder y sus impregnaciones ideológicas: “Cuando accionan la llave de la culpa / en una sociedad aterrada, / una finísima lluvia ácida / humedece los tejados / de pueblos y ciudades. // Así crecen los casos / de artrosis ideológica, / mientras vuelan las aves / sobre las fábricas cerradas, / y nadie salió con paraguas / a hacer la cola de la beneficencia. // Se escribe la historia de los pobres / con la misma tinta del oprobio, siglo tras siglo. / Lobos del miedo riendo, / antiguos señores feudales / resucitando dulcemente; / niños desnutridos a la vuelta de la esquina. // Son viejos jinetes entablillados / a putrefactos caballos también sometidos. / Canciones que suenan a Réquiem / por más notas agudas que incorporen / y aunque la orquesta del Telediario / practique ficticias felicidades de almíbar / coqueteando con acordes en tono mayor. // Se ha perdido la batalla. / Menos mal que ganamos el Mundial de fútbol”.
Se trata de un texto clave por dos cuestiones. En primer lugar, porque ejemplifica a la perfección, como nos enseñó Naomi Klein (2016), los efectos del shock producidos por el llamado capitalismo del desastre, es decir, aquel que dirige ataques organizados y planificados contra las instituciones y los bienes públicos, y que necesita, para hacerlos efectivos, generar Estados de excepción psicológicos en donde la población se encuentre aterrorizada, hasta el punto de que ya no es dueña de sus propias facultades. Y en segundo lugar, porque el final del poema no puede ser más esclarecedor para justificar esa  condición póstuma de la que habla Marina Garcés (2017), como ocurre, además, a lo largo de estos “Muebles de exterior”.  La condición póstuma es aquella en la que el sujeto utilitarista y controlado vive en el tiempo de la inminencia, cuando todo puede cambiar de forma radical o acabarse definitivamente. Inmanencia que se materializa, por un lado, en la conciencia de que la situación presente no puede continuar sin colapsar y, por otro, en una experiencia común del límite de lo que Garcés denomina “lo vivible”, esto es, la imposibilidad de que el propio sujeto pueda ocuparse e intervenir en las propias condiciones de vida. Porque este será el nuevo relato que cale desde la condición póstuma, el de la destrucción irreversible de las condiciones de nuestra existencia. Leamos LA CULTURA DEL TERROR: “No perdemos la libertad ahora. / La libertad se perdió ya / con la última hipoteca / del último mileurista. // Ahora los sueldos / son ya de seiscientos euros, / y la libertad / ya es sólo una palabra / que sale en viejas canciones / cantadas en reuniones con amigos. // Un souvenir lleno de polvo / de un viaje de dignidad que no hicimos / hacia los adoquines de la calle / que pisaron con fuerza nuestros abuelos / para hacer brotar nuestros derechos. // Una batalla hermosa / que perdimos sin apenas gritar, / noqueados por la luz / de nuestros televisores”. 
Lo sabemos todo pero no podemos nada, y no podemos porque el poder desactiva colectividades y enfrenta a los individuos los unos con los otros. La educación, el saber y la ciencia se van hundiendo en el solucionismo (solo se salvan si aportan soluciones laborales, soluciones técnicas y soluciones económicas) hasta el punto de que será el propio sujeto el que renuncie a ser mejor y se afane únicamente en obtener más y mejores beneficios, de ahí el texto PALOMAS, PISCINA Y DAÑOS COLATERALES, un poema en tres actos, cuyos versos finales leen: “Al final de todo, / lo que de verdad nos lastima, / lo que nos quiebra bien adentro, / es no tener una piscina más grande, / no ser los dueños del zoológico. // Por un buen precio / abatiríamos plácidas palomas, / mataríamos delfines / con nuestras propias manos, / por un buen precio”. 
Dijo Bourdieu que la responsabilidad del poeta es la de hacer existir lo que dice, producirlo en voluntad y abundancia para la vida. El discurso poético de Antonio Revert sigue la estela de lo que siempre han defendido Jorge Riechmann, Antonio Orihuela y la corriente poética de la conciencia crítica. En un mundo de atrocidades y desigualdad, insistir en el carácter de normalidad de las cosas raya en el fascismo, por eso es tan importante la desprogramación. La del poeta debe ser una conciencia atenta, vigilante y comprometida con la verdad. El empuje del neoliberalismo tiende a reducir la inteligencia, el ingenio, la expresividad y la rebelión creativa, de ahí que sea necesario tanto un nuevo lenguaje, como la formulación de nuevas preguntas.
La literatura es una forma de pensar el mundo  y, aunque es eso lo que asegura su autonomía, no debemos olvidar que está en estrecha relación con la realidad en la que surge y con otros tipos y formas de discurso con los que coincide en el tiempo y a los que considera y juzga según su propio criterio. Aunque el poeta sea consciente de que la poesía por sí sola no va a cambiar el mundo, el texto poético sí tiene la capacidad de transformar a las personas, que son las que pueden posibilitar el cambio necesario. Por eso para Antonio Revert escribir será siempre hacerlo desde un lugar, desde una posición ideológica concreta, en este caso desde abajo, desde el conflicto, la explotación, la injusticia y la lucha de clases, a partir de una práctica de iluminación y desvelamiento de sentidos porque, como sostiene De Vicente Hernando (2003: 27), no hay un mundo originario ni doble. Desvelar el mundo quiere decir hacerlo visible en su estructura histórica, pero también en su contingencia. De ahí la relevancia y la necesidad de un libro como Mobiliario básico.

RESEÑA DE DIEZ AÑOS DE SOL Y EDAD, DE BEGOÑA ABAD

Con motivo de la participación de Begoña Abad en Voces del Extremo Tenerife, la poeta presentó en Librería de Mujeres su antología, que tuve el gusto de reseñar. Este es el germen del libro que, en 2019, he publicado sobre la poeta






Hay unos versos decisivos del libro Estoy poeta que, quizá, contengan la esencia de la poesía de Begoña Abad, y lo apuntamos así porque plantean la cuestión del propio quehacer poético como quehacer de vida, incluso como justificación y construcción de la vida misma. Los versos dicen así: “¿Y qué si sólo soy tejedora de palabras? / ¿Y qué si sólo sé amar? / ¿Y qué si paso horas / en esas dos tareas / que no venden / pero dan cobijo?”. Un poema que, inevitablemente, recuerda aquellas palabras lúcidas de Philip Roth cuando decía que “El lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano?”.
            Estos versos de Abad están, además, directamente conectados con las citas que abren la antología Diez años de sol y edad: Whitman, Cohen, Kierkegaard y Borges, una especie de constelación semántica que se irá elaborando en poemas sucesivos, en objetos discursivos en los que leer-mirar y enunciar-nombrar se combinarán con lo visible de una escritura del tiempo, de lo femenino, de la otredad, del amor y del compromiso. Quizá la cita de Whitman sea la más relevante (“Esto no es un libro, quien lo hojea toca a un hombre”) puesto que nunca se escribe para encontrar una respuesta, sino para plantear la pregunta fundamental de ¿quién soy yo?, es decir, escribir para construir o mejor, escribirse para construirse. 
            Sin embargo, y aunque no de manera explícita en ninguna nota, pero sí en un título que da suficientes pistas, el latido de fondo de García Márquez y sus Cien años de soledad marca un ritmo lento, pausado, apenas perceptible pero constante. Señalaremos solamente dos momentos de la novela que son básicos para nosotros. El conocido comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo […]. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".” Se recuerda una lejana tarde en la que se conoce por primera vez, se aprende por vez primera, y además es todo tan nuevo que no existen aún las palabras necesarias para mencionar las realidades nuevas. Es un tema recurrente en la poesía de Begoña Abad (sobre todo en los libros Begoña en ciernes (2006) y Cómo aprender a volar (2012)) el del aprendizaje, el del descubrimiento de una realidad distinta a la conocida o transmitida por generaciones anteriores, como en el poema: “Nací para aprender / y saberlo me mantiene / humildemente feliz / y eternamente asombrada”, o en los versos de otro texto, “Lo otro”, cuando escribe: “Muchos años después, sin pretenderlo, / encontraba, perfectamente ordenadas, / aquellas letras que acudían a mi boca / igual que la letanía de prohibiciones, / miedos y tabúes que me grabaron”, o los decisivos “No necesitas sino de ti, para aprenderlo, / pero yo te lo repetiré cada noche / para que no lo olvides”.
            El segundo momento de Cien años de soledad es justo el final de la novela: “Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros desengañados anteriores a las nostalgias más tenaces”, puesto que toda la obra de Begoña Abad está repleta de esos ecos de otro tiempo, de esas voces del pasado, de la abuela, de la madre, de las bosquihembras, del otro. Cómo no intuir a Úrsula Iguarán en un rincón, conocedora de tantas historias, de tantas palabras, de tanto amor y tanto sufrimiento. Estos y muchos otros elementos de la novela (los árboles, la erótica del cuerpo y la palabra, el vuelo hacia la luz, el cielo y la mujer) ayudan a configurar un espacio poético o de belleza que, además, no se resigna en un discurso de la significación ‘segura’, sino que va configurando un ‘saber’ en el que mirar-enunciar-nombrar se convierte en una obsesión, puesto que, como escribió Juan Ramón, “El poeta es un condenado a nombrar”, por eso escribe Abad “que no hay día que no te nombre / cada vez que pronuncio palabras esenciales: / pan, agua, caricia, mano, risa, beso, luciérnaga, niño, silencio…”.

            Ese saber que se configura, por tanto, en el mirar-enunciar-nombrar determina toda la poética de Begoña Abad y se va construyendo/buscando a través de cada uno de sus libros. Ya en el primero de los aquí antologados, Begoña en ciernes, lo que se aprende a solas se contrapone a lo aprendido en la niñez, bien a través de la institución escolar, bien a través de la familia, con un matiz decisivo, esto es, las cosas que sirven para andar por la vida se aprenden a solas, de ahí la importancia de los poemas “Orden” y “Ensalada”. Es una soledad, además, que seguirá presente en libros venideros, como en Palabras para esta guerra (2013), y que es clave para entender la propia existencia del yo poético, puesto que, como decía María Zambrano, escribir es defender la soledad en la que se está. Por eso, “Si quieres acompañarme”, escribe Abad, habrás de tener en cuenta que “mi soledad va conmigo a todas partes”. Soledad que se articula como espacio propio, como reino de lo íntimo que se metaforiza en el rico imaginario de la cocina y la alimentación como señas de lo cotidiano, de un lugar de memoria, por ejemplo en el libro Cómo aprender a volar (2012) y en los versos “Templar al punto los deseos, / desalar perfectamente la impaciencia, / hervir la esperanza con los granos de fe / y darle el punto exacto a la crema de amor. / Cualquier día de estos / confundo las recetas / con las que preparo una cita contigo” o en el libro La medida de mi madre (2008), cuando escribe el poema que comienza “Mientras pelo cebollas que me ahogan / en un llanto sin sentido ni duelo, / voy repasando el hilo que me conduce a ti”. Porque si en los fogones y calderos puede Teresa de Jesús encontrar a su dios, entre las cacerolas, las cucharas, las ensaladas, los arroces y los guisos el yo poético de los poemas de Begoña Abad es capaz de trascender lo material y lo presente y alzarse en un vuelo imparable hacia la memoria, hacia el amor, hacia la luz y hacia lo humano. Es desde esa cotidianidad, desde el discurso de lo humilde, desde la casa que se habita y a la que siempre se vuelve, del conocimiento de las pequeñas cosas desde donde es posible releer el mundo, reinterpretar la tradición, cambiar dioses por diosas y afirmar que “y entonces tendrás que saber / que los príncipes azules no existen / y que las diosas no tienen dueño”. Porque además es básico señalar la importancia del espacio-casa, como ya señalara Bachelard en su Poética del espacio. Ese rincón del mundo que se erige como un cosmos, capaz de integrar los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre. 
            El vuelo es un símbolo muy presente en libros como Cómo aprendí a volarMusarañas azules en Babilonia(2013), Palabras para esta guerra (2013) o A la izquierda del padre (2014) que sirve de contrapunto a lo que hemos dicho hace un momento, puesto que si el yo poético de libros anteriores se aferraba a la materialidad de las cosas, a la delimitación de los espacios, ahora tendrá la oportunidad de romper cualquier tipo de cadena, y así: “A los cincuenta me nacieron alas. / Dejaron de pesarme los senos / y los pensamientos que cargaba desde niña. / A las alas les enseñé a volar / desde mi mente que había volado siempre, / y comprobé desde el aire / que mientras yo anduve dormida tantos años / alguien trabajaba afanosamente / recogiendo plumas para hacer esas alas. / Tuve suerte de que cuando estuvieron hechas / me encontraron despierta en el reparto”, o los versos de otro poema, tan definitorios: “Pero yo sé que soy hormiga alada / y que lo que brilla es luz / y que sólo se puede ver alzando el vuelo”. Quizá, frente a esa poética de los espacios cotidianos asistamos en un gran número de poemas a otra poética de lo aéreo, tan conectada con la ensoñación y con el reino de lo onírico, como dijo también Bachelard en su El aire y los sueños, y por eso, escribe Abad, “Cada vez que intento alzar el vuelo / tengo que soltarme las ataduras / de quienes dicen quererme / y me atan con sus miedos. / Como mucho, me quieren como paloma mensajera, / de ida y vuelta, / pero yo sueño con ser aire”, de ahí que, como escribe en otro poema, “Podría haber nacido pez, / pero nací luz y aire, / ambas cosas / para acudir siempre a tu encuentro”.
            Los versos del poema “Desobedecer”, en el libro A la izquierda del padre (2014) se tornan igualmente significativos en tanto en cuanto materializan una de las motivaciones fundamentales de la poética de Begoña Abad. Se hable desde la infancia, desde la madurez, desde el aire o desde los bosques, su poesía se articula como cuestionamiento de la realidad circundante, por eso el yo poético se construye como yo que cuestiona, que pone en tela de juicio las verdades heredadas, las identidades transmitidas, los tópicos del amor o de la feminidad, capaz de abrir nuevos espacios para la reflexión poética. Dicen los versos: “Desobedecer con la terca humildad / del que no tiene argumento intelectual que lo defienda / pero tiene el sentido primitivo de lo justo”, porque la realidad no es otra cosa que un constructo social, condicionada en cada momento histórico por la correlación de fuerzas existente respecto a la capacidad de nombrar, que decía Bértolo. Hay unos versos de Celan que resultan imposibles de obviar aquí: “ la realidad no está dada, la realidad exige que se busque y se logre”. En consecuencia, esa realidad aparecerá como un campo de fuerzas ocupado, tanto por el constructo dominante como por aquellos otros constructos que combaten contra su posición hegemónica, si bien es rasgo de la realidad dominante tender a presentarse como única realidad real. De ahí que un libro como Palabras para esta guerra (2013) sea tan importante, puesto que la batalla es, a fin de cuentas, siempre lingüística. 
            Y así cobran cada vez más protagonismo las geniales palabras que Carroll pone en boca de Humpty Dumpty, eso es, lo importante no es lo que las palabras significan, sino saber quién es el que manda, porque, aunque parezca evidente, ni la cultura ni la poesía son inocentes. El mundo en que vivimos es un mundo de palabras que ya están dadas y que, como señala Miguel Casado, expresan el poder y el sistema que domina, el capital, y lo hace, además, con un doble movimiento. Por un lado sostiene y defiende su propio discurso como único posible, es decir, lo normaliza, y a la vez desactiva el significado de aquellos otros que pudieran ir en contra de los propios intereses de clase con el fin de asimilarlos. El discurso dominante se apropia, así, de conceptos como libertad, democracia, sujeto o igualdad, que pasan a formar parte de las narraciones y construcciones propias de la lógica mercantil. Por eso la cita de Cohen que señalamos antes, “Hay una grieta, una grieta en todo. Por ahí es por donde entra la luz” se vuelve ahora tan necesaria, puesto que es esta una poética que indaga en las numerosas fisuras del discurso dominante.  De ahí poemas tan decisivos como el que dedica a Jonás y la ballena, o el poema titulado “Farmacia”, “Prohibiciones” o “Nacidas a la izquierda del padre”, textos que, junto con otros muchos, buscan favorecer y construir las condiciones sociales necesarias para que los oprimidos y los sin voz puedan, alguna vez, alzarla, como podemos comprobar en numerosos poemas dedicados al otro. Poesía, pues, que no interesa como documento de subjetividad de un autor determinado, sino como conjetura acerca del mundo, como posición de realidad y como propuesta de comunicación, tal y como señalara Jorge Riechmann en su Poesía practicable.
 Desde su primer libro de poemas la posición de Begoña Abad está muy clara, y ese posicionamiento será decisivo para cualquier quehacer poético, puesto que hablar de poesía no será solamente hablar de un texto poético, sino también especificar desde dónde se escribe dicho texto y si persigue o no crear o ampliar espacios de libertad tanto para el escritor como para los lectores, porque los poemas señalan y escogen, y ese señalamiento, como escribe Enrique Falcón, presupone una elección, un ponerse a un lado que no es sino un gesto absolutamente político, es decir, que, en palabras de Juan Carlos Rodríguez, “nadie se encuentra descomprometido (aunque diga no creer en el compromiso) puesto que nadie escribe desde el vacío, sino desde un lleno histórico radical, desde un inconsciente ideológico sobre sí mismo, el mundo y la escritura”.
Los textos recogidos en Estoy poeta (o diferentes maneras de estar sobre la tierra) (2015), junto con los inéditos que la antología ofrece, abundan en las temáticas hasta este momento señaladas, con la incorporación de nuevos matices sobre la figura de la madre o del padre, de la capacidad de nombrar en ese texto tan significativo que cierra con el verso “Yo sólo soy herida que habla”, la aparición de las bosquihembras o, nuevamente, la presencia de las antepasadas y ese último texto, fundamental además para celebrar estas Voces del Extremo en Tenerife. Dice así: “Lejos de la excelencia y de la moda, / de los cánones aburridos y tristes, / escribo en sus márgenes / desvergonzadas verdades que recojo / en los bazares del pueblo, / en los lugares donde la gente se desnuda / borracha de injusticia y de asco / hasta dejarse las vergüenzas al aire. / Porque escribir me salva”.
Acercarse a la poesía de Begoña Abad es una experiencia inagotable de belleza y de sentido que nos recuerda aquellas palabras de María Zambrano: “Una palabra de verdad que por lo mismo no puede ser ni enteramente entendida ni olvidada. Una palabra para ser consumida sin que se desgaste. Y que si parte hacia arriba no se pierde de vista, y si huye hacia el confín del horizonte no se desvanece ni anega. Y que si desciende hasta esconderse entre la tierra sigue allí latiendo, como semilla. Pues que fija, quieta, no se queda, que si así quedara se quedaría muda. No es palabra que se agite en lo que dice, dice con su aleteo y todo lo que tiene ala, alas, se va, aunque no para siempre, que puede volver de la misma manera o de otra, sin dejar de ser la misma”. Así la poesía de Begoña cuando vuela, cuando se agita, cuando se acerca o cuando llena de sol la madrugada.